George Maciunas, miembro fundador del colectivo Fluxus, propuso en los años 60 convertir el acto diario e íntimo de lavarse los dientes en una obra de arte. A todas luces, hoy en día dicha proposición se ha visto con creces materializada en las redes sociales. Pero ¿tiene sentido que todas aquellas personas y en todas aquellas ocasiones en que se laven sus dientes con una voluntad artística, graben y editen dicha acción para su posterior difusión como objeto cultural?
Es como en aquel relato de J.L. Borges en el que un mapa era tan preciso que ocupaba la misma extensión del terreno que representaba. Necesitamos toda una vida, sin pausas ni descansos, para visualizar dicha obra pero, pese a que contemplar lo ajeno y la repetición de lo efímero sean paralizantes, ambos contienen una nostalgia que nos conecta. Es decir, imperfección. Imperfección asumida mediante un tipo muy concreto de improvisación voluntaria (o experimentación consciente) que proyecta formas al filo, entre lo preparado y lo fortuito. Luego es deber de todo improvisador de altura, conducir sin miedo por esa cuerda floja, disfrutar el desequilibrio y, llegado el caso, dejarse caer al vacío.
Ahora, como buenos taxidermistas del tiempo, Fernando Ulzión, Matías Riquelme y Mikel Vega han decidido embotellar una de sus sesiones y documentar la caída, cual figura intacta e indeleble. En ella desaparece el límite del fracaso. En ella, el error refleja como un espejo y así, en este álbum titulado «Protoctist», el trío de Bilbao ha logrado capturar un acto irrepetible. Es como quien aprisiona el fluir del tiempo para que sus ondas deformen y remuevan las pátinas del polvo que nos rodea, empujando mugre y meneando cáscaras hasta afectarnos. Hasta que se corrompa, pudra y apeste el cordón umbilical de nuestra perfección indiferente. Todo, con tal de romper y que desbordemos. Porque cuando sumemos más tiempo almacenado que el que de verdad ha transcurrido, el universo colapsará.










