Tras su último álbum con Tzesne en 2024, y en la línea de su trabajo anterior en solitario («20.20», de 2023), Enrike Hurtado regresa ahora con este nuevo EP que retoma el mismo concepto temporal —en este caso, «24.25»— pero con una línea de investigación y un vínculo emocional durante el proceso de composición que van mucho más allá de lo explorado en su predecesor. Si en «20.20» el artista de Bilbao estudiaba las posibilidades de un sistema de feedback digital desarrollado por él mismo, ahora añade a la ecuación un nuevo elemento: la guitarra improvisada. Instrumento cuya expresividad le permite articular con sobriedad y elegancia una emoción tan profunda como íntima: la pérdida.
Como decimos, aunque la dinámica de trabajo de Hurtado continúa ahondando en el procesado de señal y en la manipulación del ruido —mediante sistemas de reducción en modo inverso, con los que elimina la señal y realza el noise—, en «24.25» no se limita a componer a partir de ese material accesorio y supuestamente descartable sino que, a partir de esas frágiles líneas de acople —parpadeantes como la llama de una vela—, interviene con su guitarra las tres piezas aquí incluidas. Durante la improvisación, Hurtado parece negarse a construir una narrativa específica pero es justo ahí, gracias a esa negación interpretativa, donde se manifiesta la belleza. Belleza genuinamente expresionista, belleza que enfunda el ruido como forma de ausencia.
—Lentamente, muy lentamente, como dos agujas de brújula, los pies giraban hacia la derecha: Norte, Noreste, Este, Sureste, Sur, Suroeste; se detuvieron, y después de pocos segundos, giraron con la misma calma hacia la izquierda: Suroeste, Sur, Sureste, Este (…). Miguel A. García in memoriam.













